El Código Lucifer

Hace unos días terminé de leer El Código Lucifer (Michael Cordy), un thriller científico-religioso con un tema de fondo tan ambicioso como puede ser la demostración de la existencia del Cielo y del Infierno.

Miles Fleming, un brillante científico, trabaja en el desarrollo de un neurotraductor capaz de entender las ondas emitidas por el cerebro humano y, de esta forma, llevar a cabo importantes avances, desde prótesis que obedecen los movimientos de quien las disfruta hasta dispositivos mediante los cuales personas que han perdido el habla puedan comunicarse de manera fluida.

Fleming es totalmente ateo, pero sus principios se tambalean cuando, mediante el neurotraductor, se comunica con su hermano seis minutos después de certificar su muerte clínica.

Con estas premisas bastante atractivas comienza la historia, aderezada con dosis de "computación óptica", el nacimiento de una iglesia cristiana completamente ajena a la católica, un malo malísimo y, cómo no, la consabida e incipiente historia de amor entre los dos protagonistas.

No es ni mucho menos una obra maestra. La prosa de Cordy es sencilla y fácil de seguir, rayana a veces en lo mediocre. Sin embargo, el libro consigue enganchar al lector y al final de la historia se hace una reflexión muy interesante sobre la religión, las promesas de vida eterna y el libre albedrío. Sin duda, lo que más merece la pena de la novela es esa idea, puesta en labios del villano de turno y que te coge por sorpresa.

Si alguien quiere leerlo, que me lo diga y se lo presto ;)

No love

Lo vio irse por la ventana. De repente supo que quizás se había ido ya hacía tiempo, puede que cuando se sorprendió a sí misma buscando un motivo, mirándolo al preparar el almuerzo y pensando finalmente que las patatas fritas le salían de miedo.

Y entonces supo que el peor, el más horrible sentimiento en ese contexto no era el rechazo, ni el despecho, ni siquiera la nostalgia. De hecho le encantaba la nostalgia, cuántas noches la había usado a modo de cálido edredón y dormido entre las calladas lágrimas de sus ganas. El rechazo le había dado esperanza otras veces y el despecho cierto empuje orgulloso; no, nada de eso era malo del todo, amar nunca lo era.

Supo que lo más oscuro que podía sentir era la pérdida de todo eso, el no querer ni desear. Le producía una sensación más amarga que cualquier humillación consentida, que la despedida de su primer amor a los dieciséis.

Lo malo sucede cuando sólo quedan fuerzas para negociar una última canción.

Apocalipsis

Cada uno a su manera, todos aguardaban con temor y recelo.

El estudiante que, ensombrecido por la luz de un flexo, se refugiaba en sus apuntes. Sea una función continua y derivable en equis igual a a, iba repitiendo como un mantra, y entre bis y bis, como si fueran rebanadas de pan de molde, se colaba la mortadela: ya falta poco, muy poco... Su pulso se aceleraba y el único consuelo era el estudio cansino.

La mujer que, en su espera por excelencia, dejaba reposar sus pesadas piernas en el cojincito del sofá, acariciando su redondo destino, preguntándose si finalmente todo ocurriría en la fecha que le habían asegurado, destilando sudor cada vez que se lo planteaba. Sólo veía dolor.

El enfermo que, por el contrario, desconocía la fecha en que por fin llegaría, sólo podía desearlo con todas sus fuerzas, porque cuando sucediera por fin se olvidaría de su sufrimiento.

El profeta que se colgó el cartel y predijo la fecha: el dos mil doce (¿no fue una vez el dos mil?), año en que todo se irá por la borda, al menos tal y como lo conocemos. Algunos, los menos, le hacían caso; los demás preferían vivir el presente. Ya tenían suficiente con sus propias esperas.

Un examen, un hijo, un corazón, el fin del mundo.

Guitarra

Yo de mayor quiero ser una guitarra eléctrica, para que acaricies la curva que se trace en mis caderas y rasgues las octavas de mi mente; que cuando vuelvas a casa cansado y sin ganas de hablar, lo primero que hagas tras quitarte los zapatos y arrojarlos al desorden sea recogerme y tañerme, que me hagas sonar con esa voz joven y despeinada que tanto me gusta, la voz de la gente que va a tomar copas en zapatillas; que me ames y, sobre todo, que digas que me amas, cosiendo tu voz a mis cuerdas, sí; que tu garganta vibre al son de mi amplificador, que también tú cantes con tu voz rasgada y los ojos cerrados, apretados, ciegos mientras sigues cantando y tocándome, y entonces, también entonces, digas que aún me amas, por segunda o tercera vez, no importa cuántas veces, pero sí el tono: que cojas aire, que subas un poco más y que tu voz baile sobre mí, demorándose en la u infinita que acompañará a mis acordes toda la noche, reverberando en mis tímpanos de guitarra eléctrica...



Palabras

Alguna vez leí una cita que rezaba algo parecido a esto: "Las frases son mitad de quien las dice y mitad de quien las oye". Me pareció bastante acertada, ya que siempre he pensado que la interpretación de algo que oyes o lees depende de muchos factores personales que, por supuesto, poco o nada tienen que ver con lo que se está intentando comunicar (esto también es aplicable a cualquier modo de expresión no puramente verbal, como el cine, el arte o la música).

Haciendo un pequeño inciso, supongo que esto es un ejemplo más de todo lo que diferencia a una persona de un ordenador o de cualquier sistema artificial que se os antoje. Los lógicos (y por extensión los informáticos) no son (somos) muy poéticos, y no dejan de intentar traducir el lenguaje natural a lenguajes simbólicos sin alternativas de interpretación. Las frases lógicas son sólamente propiedad del que las dice (puede que los lógicos sean también muy egoistas); no hace falta que nadie las oiga, porque siempre significarán lo mismo.

Pero volviendo al tema del que hablaba, creo que es indiscutible que la idiosincrasia de cada persona, incluso de cada comunidad, es un rasgo decisivo a la hora de comunicarnos entre nosotros. Tanto es así que, aunque lo "lógico" sería esperar que en todos los idiomas existieran las mismas palabras, lo cierto es que en muchas lenguas existen términos que ni imaginaríamos. Estas palabras no tienen traducción directa al español (al menos sin usar una descripción extensa), al igual que habrá palabras españolas que no tengan traducción en el resto de lenguas.

Por ejemplo:
BAKKU-SHAN (Japonés)
Una chica que parece guapa cuando se la mira por detrás, pero que no lo es al mirarla de frente.

TINGO (Pascuense, Isla de Pascua)
Tomar prestado cosas de la casa de un amigo, una a una, hasta que no le queda nada.

KARELU (Tulu India)
La marca dejada en la piel por llevar cualquier cosa ajustada.

En este enlace hay muchas más. La verdad es que merece la pena echarles un vistazo, algunas son muy curiosas. Algún día intentaré recopilar palabras españolas que no tienen traducción a otros idiomas.

Instrucciones para responder una pregunta

En primer lugar, cuélguese el artilugio alrededor del cuello; el material es sensible a caídas y golpes de viandantes maleducados. Extráigase la tapadera del objetivo con suma delicadeza, procurando evitar roces con el cristal inmaculado; por supuesto, alejarlo de cualquier diamante que adorne el rostro de cualquier dama que ande cerca del lugar y no sepa apreciar lo que se está haciendo. Colóquese la muesquita de la rueda en la posición manual, ignorando los automatismos, ya que la tarea a realizar merece y necesita la supervisión humana y sensible de su ojo. A continuación, búsquese la velocidad más lenta posible de exposición: a más tiempo, más luz será captada. Por último, apriétese el botoncito pequeño y aparentemente -sobre todo ante la magnitud de nuestro fin- inútil, enfocando el motivo de su duda, observando cómo toda su luz ondulante sisea hasta ese cristal perfecto, descubriendo cómo, en una imagen, se acumularán todas las respuestas que usted ha estado siempre buscando.

Fuerte


Desde pequeña, decidió que iba a ser fuerte y se preparó para cualquier cosa mala que pudiera ocurrirle. Asumió por completo la posibilidad de caer enferma; imaginó mil veces que tenía un accidente; que sus padres morían jóvenes; que no conseguía trabajo; que no encontraba marido o que el que encontraba la cosía a palizas cada vez que llegaba a casa; pensó en unos hijos nada complacientes, rebeldes y abandonados a la droga; se hizo a la idea de una muerte lenta y cuajada por la soledad.

Pero nunca se le ocurrió que debía prepararse para una salud de hierro; la buena suerte al volante; unos padres también sanos y lúcidos; el trabajo que siempre había soñado; un marido desdenciente de los ángeles; unos hijos inteligentes y maduros; en fin, todo tan perfecto, que ni siquiera le sirvió haberse preparado para morir sola y lentamente, ya que murió cuando todos estaban en casa, y muy rápido, tanto como le permitieron las treinta pastillas que se tragó en dos segundos.